martes, 21 de marzo de 2017

La "izquierda" en Ecuador

Por Decio Machado / Director Ejecutivo de la Fundación ALDHEA

El posicionamiento en la segunda vuelta de los partidos políticos de la “izquierda” a la “izquierda” del correísmo llamando al voto a favor de la candidatura de Guillermo Lasso, representante político del capital financiero e impulsor de un plan de gobierno de marcado perfil neoliberal, abre una serie de debates sobre la utilidad estas viejas estructuras organizativas y sus direcciones políticas como herramientas útiles para la transformación social en este pequeño país andino.

El origen del concepto político “izquierda”

El término “derecha” e “izquierda” en política tiene su origen histórico en Francia en una votación que se desarrolló en la Asamblea Constituyente el 14 de julio de 1789, el mismo día en que el pueblo de París asaltó la fortaleza de la Bastilla, cuando se discutía la propuesta de un artículo de la nueva Constitución en la que se establecía el veto absoluto del rey a las leyes aprobadas en la futura Asamblea Legislativa.

Los diputados que estaban a favor de la propuesta (girondinos), que suponía el mantenimiento del poder absoluto del monarca, se situaron a la derecha del presidente de la Asamblea, mientras que los que defendían que el rey sólo tuviera derecho a un veto suspensivo y limitado en el tiempo (jacobinos), posicionando lógicas más democráticas por encima de la autoridad real, se situaron a su izquierda. Es así que el concepto de “izquierda” quedó asociado a las opciones que propugnaban un cambio político y social, mientras que el término “derecha” quedó asociado al conservadurismo.

Sin embargo, desde la toma de la Bastilla hasta hoy el mundo ha cambiado notablemente y un término tan ambiguo como “izquierda”, definido en otros momentos por el concepto y rol de Estado, del mercado y de las personas al interior de la sociedad, debe ser inevitablemente actualizado.

Haciendo historia, sería al propio Vladimir Lenin a quien nunca le agradó en exceso dicho término, prefiriendo la denominación de bolcheviques (en ruso, “miembro de la mayoría”) para diferenciarse de forma contundente de las posiciones políticas socialdemócratas rusas (también conocidos como mencheviques). El mismo Lenin escribiría, en 1920, la obra La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, uno de los textos más importantes del marxismo y donde se aborda la tarea de la construcción del partido revolucionario en clara relación entre el marxismo y el movimiento proletario.

No es casualidad entonces que pese a que el concepto político “izquierda” tenga un origen marcadamente parlamentarista, la revolución bolchevique fuese -entre otras cuestiones- un conjunto de sucesos históricos de connotaciones marcadamente antiparlamentarias. Lenin llegaría a definir a la actividad legislativa como “cretinismo parlamentario”, impulsando junto a León Trotsky –quien tuvo a su cargo la creación del Ejército Rojo- la construcción de los Sóviets (asambleas de obreros, soldados y campesinos) en contraposición terminológica y conceptual a un viejo sistema parlamentario burgués que apenas había permitido la participación de las masas en el gobierno de la nación. Visto desde esa perspectiva, ¿es aplicable el término “izquierda” en una América Latina donde el modelo parlamentario esta lejos de ser el espacio para encontrar una expresión política para sus problemas sociales?

A punto de cumplirse el centenario de la revolución bolchevique, no hay país -tanto del Norte industrializado como del Sur en vías de desarrollo- donde la “izquierda”, las “izquierdas” en realidad, no conformen una amplia diversidad de opciones políticas diferenciadas.

Esta multiplicidad de opciones ideológicas (socialdemócratas, comunistas, socialistas, anarquistas…) y su abanico de matices (trotskistas, leninista, maoístas, anarco-comunistas, social-liberales, bolivarianos…) hacen complejo el llegar a un consenso sobre qué es hoy ser de “izquierda”. Esto se agudiza bajo la inconsecuencia de que hay sectores políticos de rancia ortodoxia “izquierdista” que, aun hoy, excluyen de sus identidades ideológicas a todo aquel que no venda su fuerza de trabajo a cambio de un salario (el viejo proletariado carente de propiedades y medios de producción). Sin embargo nuestras sociedades y sus sistemas productivos evolucionan de forma cada vez más acelerada, lo cual implica aberraciones tan grotescas como que, siguiendo los viejos parámetros ortodoxos, un gerente corporativo que no tenga acciones en la empresa que dirige podría ser considerado como clase explotada, mientras que un operario de esa misma corporación que trabaje en su casa con una computadora de su propiedad ya no formaría parte de esta. En definitiva, la compleja evolución del capitalismo y su mutación tecno-organizativa promovida en el marco de la producción/reproducción global del sistema sigue siendo un fuerte obstáculo para la comprensión del mundo actual por parte de sectores que aun leen el sistema productivo bajo las lógicas de demanda de fuerza de trabajo existentes en épocas pasadas.

A estas dificultades para entender el entorno por parte de sectores anclados a una mirada decimonónica, hay que añadir que la complejidad del mundo actual hace que los conceptos y acciones que definen a la “izquierda” en un país, puedan ser entendidas de forma contraria en otro al mismo tiempo. Un ejemplo de lo anterior podría remontarnos a 1948, donde apoyar la creación del Estado de Israel en Europa era una posición de “izquierda”, mientras que en los países árabes dicha posición tan solo fue apoyada por las corrientes políticas conservadoras. Es desde esa dislocación geográfica desde donde se entiende que la gestión del presidente Rafael Correa sea considerada por gran parte de la “izquierda” eurocéntrica -inmersa en el desmantelamiento del Estado “protector”- como un referente en materia de políticas públicas progresistas, mientras que en Ecuador los movimientos sociales y organizaciones populares viven desde hace años en permanente conflicto con el gobierno.

La problemática en el ámbito de las definiciones sobre que es “izquierda” transversalizan hoy diferentes aspectos de la realidad social, cultural, política y económica en la que vivimos. Respecto a lo económico, ¿hasta donde se es de “izquierda” aceptando la economía de mercado? ¿es que por impulsar la intervención del Estado en la economía, tal y como lo hizo Barak Obama en su primer mandato, se es de “izquierda”? ¿es que por democratizar el acceso al consumo, aunque esto beneficie al capital especulativo bajo lógicas de endeudamiento popular, un gobierno puede ser definido como de “izquierda”? Respecto a lo político, ¿es que toda persona que se considera de “izquierda” respeta las libertades, los derechos colectivos y está contra las dictaduras? ¿es que porque un gobierno establezca parámetros de modernización para un modelo de capitalismo tardío que entró en crisis, dicho gobierno puedo ser considerado de “izquierda”? Respecto a la orientación sexual, ¿es que por no seguir los cánones preestablecidos por el modelo patriarcal ya se hace una apuesta por el socialismo? Respecto a nuestra posición ante al derecho de las mujeres ¿es que toda persona que se considera de “izquierda” es de por sí feminista? Respecto a nuestra sensibilidad ambiental ¿es que por tener una posición proteccionista respecto a la riqueza de nuestro entorno natural se esta propugnando un modelo de sociedad más justo e igualitario? La lista de preguntas con respuestas contradictorias podría ser ostensiblemente más larga, pero en la práctica lo que se demuestra es que la calificación “izquierda” quedó como un concepto demasiado estático y requiere ser actualizado dada la realidad tan dinámica en la que actualmente estamos inmersos.

En todo caso no se trata de hacer de la dialéctica un tramposo bastión revisionista e intentando conceptualizar, lo más simplistamente posible, lo que en general se entiende en la actualidad como como “izquierda”, cabe rescatar la visión liberal-socialista del filósofo y politólogo italiano Norberto Bobbio, quien lo caracteriza como una sensibilidad ideológica que busca la igualdad. Si queremos ampliar este concepto de forma más académica, podríamos citar a Steven Levitsky y Kenneth Roberts en su obra The Resurgence of the Latin American Left:

Los partidos de izquierda buscan utilizar la autoridad pública para distribuir la riqueza o los ingresos hacia los sectores con menores ingresos, erosionar las jerarquías sociales y fortalecer la voz de los grupos desaventajados en el proceso político. En la arena socioeconómica, las políticas de izquierda procuran combatir las desigualdades enraizadas en la competencia de mercado y en la propiedad concentrada, aumentar las oportunidades para los pobres y proveer protección social en contra de las inseguridades de mercado. Aunque la izquierda contemporánea no se opone necesariamente a la propiedad privada o a la competencia de mercado, sí rechaza la idea de que pueda confiarse en las fuerzas no reguladas del mercado para satisfacer las necesidades sociales. En el ámbito político, la izquierda procura aumentar la participación de los grupos menos privilegiados y erosionar las formas jerárquicas de dominación que marginan a los sectores populares. Históricamente, la izquierda se ha concentrado en las diferencias de clase, pero muchos partidos de izquierda contemporánea, han ampliado ese foco para incluir las desigualdades basadas en el género, la raza o la étnia (Levtisky y Roberts, 2011: 5)

Conscientes de lo muy limitado del concepto, pues ignora la tensión en torno a la propiedad privada y la hoja de ruta para la construcción del socialismo, el control del mercado y de los medios de producción, la lucha contra el modelo patriarcal, la sostenibilidad del planeta, la participación política de la ciudadanía y la democratización de la sociedad, o como se destruye o al menos se transforma el Estado (Marx habló de la disolución del Estado y Lenin de un Estado “no Estado”), nos quedaremos en principio con esta escueta definición.

¿Hubo un gobierno de “izquierda” en la última década en Ecuador?

Pese a su limitación conceptual, dimos por bueno en el punto anterior que un gobierno de izquierda sería aquel que basase sus políticas públicas fundamentalmente en la lucha contra la desigualdad económica.

Si partimos de esto, el elemento más convencional de lucha contra la desigualdad ha de enmarcarse en el ámbito de la distribución de la riqueza y de la dignificación del ingreso hacia los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Sin embargo, para que esa distribución de la riqueza no se coyuntural -tal y como ha sucedido en América Latina durante el llamado boom de los commodities- dichas políticas públicas han de basarse en la desconcentración de la propiedad, y es evidente que las “izquierdas” en el poder en la región tienen una deuda pendiente al respecto.

Tras más de un década de gobiernos de “izquierda”, en la América Latina de hoy el 10% más rico de la población concentra el 71% de la riqueza regional, y es el propio Banco Mundial –nada “izquierdista” por cierto- quien reconoce públicamente que de continuarse esta tendencia, en menos de diez años el 1% más rico del subcontinente tendrá más riqueza que el 99% restante.

En ese sentido Ecuador no ha sido una excepción. Las empresas más grandes que operan en su mercado nacional han ganado más durante la gestión correísta que durante los años anteriores a la llegada del presidente Correa al gobierno de la nación. Así, en 2006, con un PIB de 46,8 mil millones de dólares, las 300 empresas más grandes en Ecuador ingresaron 20.363 millones de dólares, lo que viene a significar un 43,6% del PIB; mientras que seis años después, en 2012, con un PIB de 84.700 millones de dólares –casi el doble que en 2006-, estas mismas empresas ingresaron 39.289 millones de dólares, lo que implica un tres puntos porcentuales más del PIB nacional. En la actualidad, con un PIB en torno a los 100.000 millones de dólares la situación no ha cambiado y se agudiza la concentración semi monopólica de empresas en los diferentes sectores del mercado. El fisco ecuatoriano reconoce la existencia de 118 grandes grupos económicos que operan en el mercado nacional de los cuales 16 de ellos controlan la mayor parte de la economía (ver Figura 1). En pocas palabras, los mismos que antes ganaban más ahora ganan todavía más.

Figura 1: Grupos económicos – Ingresos vs IR Declarados



No existe discusión respecto a que la distribución del ingreso requiere mejoras en los niveles de empleo digno y productivo, incremento de los salarios reales, un gasto público social enfocado hacia los sectores históricamente ignorados y de una mayor equidad en la tributación.

Más allá de los escasos avances durante está última década en materia de empleo digno, en el ámbito de lo tributario -cuestión fundamental para enfrentar la distribución de la riqueza-, cabe reseñar y volviendo a ese 10% más rico de la población latinoamericana, que este sector tan solo tributa un promedio del 5,4% de su renta en la región. El problema se agudiza cuando miramos al Ecuador, pues más allá del propagandístico discurso confrontativo contra las élites económicas que se ha desarrollado durante esta última década, podemos apreciar en el Gráfico 1 que mediante estructuras impositivas regresivas (principalmente impuesto al consumo), tolerancia respecto a la evasión fiscal y política de excepciones impositivas, la política gubernamental no ha hecho recaer sobre estas castas privilegiadas el peso fundamental de la carga fiscal en el país.

Gráfico 1: Proporción de impuestos a la renta que pagan los más ricos en distintos países


La consecuencia de lo anterior deriva en el creciente déficit fiscal y el mantenimiento de la desigualdad social existente. Más allá de su retórica, el gobierno correista no pasa de ser un gobierno caracterizado por del diseño tecnocrático de sus políticas, la implementación de un Estado-control sobre la ciudadanía basado en sus miedos a la movilización popular, una fuerte concentración de poder en torno a la figura presidencial, la limitación respecto a derechos civiles y políticos en la sociedad, una preocupante incapacidad para plantear acciones efectivas de lucha contra la corrupción, así como un articulador de políticas complacientes con las élites económicas que más sirvieron para salvar el mercado tras el nefasto caos neoliberal que para cuestionarlo.

No podemos negar que el gobierno de Rafael Correa ha reducido los indicadores de pobreza, especialmente durante los primeros seis años de su mandado, sin embargo, si consideramos por ello que es un gobierno de “izquierda”, deberíamos también considerar a todos los gobiernos de América Latina -desde el año 2000 al 2013- como gobiernos de “izquierda”, lo cual evidentemente sería una imprecisión.

Los otros: esos partidos que se gustan de llamarse a si mismos la verdadera “izquierda”

No ha sido fácil el reto que han tenido que afrontar durante esta década los movimientos sociales ecuatorianos y la autodenominada verdadera “izquierda”. El aparato de propaganda correista les dejó sin banderas, entendiendo por estas la dialéctica política en pro de los de abajo. En todo caso, difícil justificación para un mal estudiante es decir que suspendió el examen porque este era difícil…

Este sector de la izquierda -marxistas se dicen de sí mismos- desde hace casi un siglo comete el error de pensar que el marxismo tiene el monopolio de la emancipación, ignorando que dicho pensamiento no es más que un meeting point y no un dogma de fe religioso a trasmitir, entre bostezos, a cada vez menor número de feligreses. Es así que ante el surgimiento del correísmo como una herramienta electoral efectiva que llena el significante vacío de cualquier cosa arropándose bajo un discurso de “izquierda”, esta “izquierda” ha entrado en una crisis existencial que contagió a las organizaciones populares que en años anteriores destacaron por sus resistencias contra las políticas de la “larga noche neoliberal”.

Lo anterior deriva en que esta “izquierda” durante la última década haya tenido muy poco que aportar en el debate sobre intervencionismo estatal en la economía; el desarrollo de la sociedad de consumo; el cada vez mayor desarrollo tecnológico; la nueva organización del trabajo impuesta por el capitalismo cognitivo; y, la reactualización del colonialismo económico, cultural y académico en el país. Es más, en estos últimos años dicha “izquierda” se ha olvidado de descentrar el problema del poder y la dominación de la lógica del Estado y la soberanía; ignorando principios foucaultianos tan básicos como que el Estado no es el punto de partida para una analítica del poder moderno, sino más bien su punto de llegada (la forma histórica que han adquirido en un determinado momento un conjunto de relaciones de poder). Es de esta manera que el debate sobre el biopoder (modos en que el poder gobierna la vida desde su exterior, tratando de capturarla, controlarla, fagocitarla y reprimirla) se desplazó al ámbito de lo académico, quedándose en el marco de un frustrante juego semi-intelectual que en la mayoría de los casos carece de efectividad para articular prácticas de resistencia (biopolítica). Afortunadamente y pese a lo anterior, las prácticas de resistencia persisten, pues son inmanentes a la vida misma, bloqueando, resistiendo y creando nuevos modos o formas de vida sobre los que hemos de retroalimentarnos a futuro.

El resumen de esta cuestión es que la mayoría de estos partidos políticos de la “izquierda” continúan haciendo infructuosos esfuerzos por encajar de forma adecuada en la nueva cartografía socio-política estructurada por el correísmo, la cual se ha desarrollado de forma efímera –mientras duró la plata- mediante un nuevo modelo de capitalismo posneoliberal con amplia intervención del Estado. El mismo hecho de que diez años después de la llegada al poder de Rafael Correa, esta “izquierda” siga teniendo dificultades a la hora en caracterizar el proceso político en el que estamos inmersos, genera su propia incapacidad a la hora de construir contra-modelos al poder hegemónico. Sus discursos y construcciones políticas quedan cortos e inadecuados a la hora de dar respuestas a una sociedad que demanda cosas concretas en el día a día de la realidad político económica vigente. Lo anterior implica que esta “izquierda” viva ante cada contienda electoral una lenta agonía ante mortem, presentando programas electorales centristas y eclécticos cuyos planes de gobierno y vistos sus resultados, pocos sentimientos fuertes inspiran en la población.

Pero más allá de lo que tiene que ver con los partidos políticos de la “izquierda”, vemos también a un movimiento indígena incapaz de superar la crisis a la que se abocó solito tras pretender cogobernar junto al gobierno de Lucio Gutiérrez (2003-2005). En estas condiciones y pese a que son las y los compañeros indígenas quienes en la mayoría de los casos han puesto sus cuerpos frente a la represión estatal, hace años que el movimiento indígena navega entre tinieblas demostrando -en el marco de este proceso de modernización acelerada implementada por el correísmo- su incapacidad para reconstruirse como un actor político de cambio y de igual manera el notable estancamiento discursivo de su dirigencia.

Lo anteriormente descrito condiciona a una “izquierda” a la “izquierda” del correísmo que en general se encuentra muy golpeada por las estrategias gubernamentales de desacreditación a la oposición política y social, lo que se visualiza en la falta de capacidad para la articulación de fuerzas “antagónicas” en los escenarios políticos actualmente existente. Inmersos en la falta de propuestas y carencia de proyecto alternativo de sociedad, sonroja ver como en la actualidad gran parte de estos sectores piden el voto activo al partido del capital financiero (la candidatura presidencial de Guillermo Lasso) en esta segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Pero sonroja más aún ver como la escenificación dialéctica de su dirigencia se basa en la autojustificación permanente de dicha medida, a la que llaman “gratuita”.

Haciendo memoria histórica, el marxismo fue inicialmente introducido y socializado en América Latina por inmigrantes alemanes, italianos y españoles a finales del siglo XIX. Fue a partir de la década de 1920 cuando aparecieron los primeros partidos obreros y sus primeros líderes. Entre estos destacó la figura de Julio Antonio Mella, quien al grito de guerra de “Wall Street debe ser destruida” proponía un frente único compuesto de “trabajadores de todas las tendencias, campesinos, estudiantes e intelectuales independientes” donde no tuviera cabida la burguesía nacional.

Sin embargo, la actual posición de la “izquierda” ecuatoriana recuerda más bien al segundo período del marxismo en América Latina (1930 al 1959), cuando en pleno apogeo stalinista la interpretación soviética del marxismo fue hegemónica y por consiguiente la teoría de la revolución por etapas de Stalin. Así esta “izquierda” no se refunda, sino que retrocede entre sesenta y noventa años, momentos cuando la teoría marxista en el subcontinente se limitaba a transplantar mecánicamente a América Latina conceptos europeos, considerando que la estructura agraria del continente era feudal como la europea, su burguesía local era progresista como la francesa y el campesinado era un sujeto hostil al colectivismo socialista. La máxima de la “izquierda” en aquel momento fue: las condiciones económicas y sociales en América Latina no están lo suficientemente maduras para una revolución socialista; por el momento, el objetivo es concretar una etapa histórica democrática y antifeudal, tal y como se hizo en la Europa de los siglos XVIII y XIX.

De esta manera tan absurda, Stultiae laus lo llamaría Erasmo de Rotterdam si renaciera quinientos años después, una “izquierda” que dice determinar su posición política actual en aras a la defensa de la democracia se sumerge en una campaña activa pidiéndole voto a favor de un programa neoliberal (como si en el subcontinente hubiera sido compatible neoliberalismo y democracia), en lugar de plantear la defensa irrestricta de aquello que el filósofo francés Claude Lefort definiera hace cuarenta años como “democracia salvaje”. Es decir, defender un modelo de democracia no domesticada ni domesticable, cuyo principio es anárquico: sin orden, sin fundamento y con un sentido enmarcado en la ampliación permanente de derechos.

viernes, 17 de febrero de 2017

Equador: incertezas nas eleições presidenciais

Por Decio Machado
Correio da Cidadania



Neste 19 de fe­ve­reiro, o Equador en­frenta suas pri­meiras elei­ções pre­si­den­ciais nos úl­timos 10 anos e meio sem o nome de Ra­fael Correa Del­gado na cé­dula de vo­tação. En­tender a as­censão da Ali­ança PAÍS e Ra­fael Correa ao poder im­plica com­pre­ender também suas ori­gens, com a con­for­mação deste par­tido po­lí­tico a apenas oito meses das elei­ções de 2006, onde se de­ter­minou a pri­meira das múl­ti­plas vi­tó­rias elei­to­rais cor­reístas nesta dé­cada.

An­te­ce­dentes ime­di­atos do “cor­reísmo” 

Tal como acon­tecia no resto da re­gião, no Equador se vivia desde a dé­cada de 90 um marco de ins­ta­bi­li­dade po­lí­tica, fruto de um aper­tado ciclo de le­vantes po­pu­lares e grandes mo­bi­li­za­ções que con­du­ziram três pre­si­dentes cons­ti­tu­ci­o­nal­mente eleitos à queda (Ab­dalá Bu­caram em 1997, Jamil Mahuad em 2000 e Lucio Gu­tiérrez em 2005), com o con­se­guinte des­cré­dito do re­gime de par­tidos, das ins­ti­tui­ções po­lí­ticas equa­to­ri­anas e do sis­tema econô­mico ne­o­li­beral im­plan­tado de­pois do es­touro da crise da dí­vida ex­terna de 1982. A saída da crise ad­veio da pro­gres­siva cons­trução de um mo­delo em­pre­sa­rial de de­sen­vol­vi­mento, con­so­li­dado a partir do go­verno de Sixto Durán Ballén (1992-1996) e am­pliado pelos go­vernos su­ces­sores. 

Este pe­ríodo pode ser de­fi­nido como a fase ini­cial da mo­der­ni­zação do ca­pi­ta­lismo equa­to­riano, du­rante o qual se me­lho­raram os lu­cros em­pre­sa­riais, às custas da de­te­ri­o­ração dos ser­viços pú­blicos, en­co­lhi­mento do papel e ta­manho do Es­tado, a con­cen­tração da ri­queza, a des­re­gu­lação tri­bu­tária, a pre­ca­ri­zação la­boral e, a partir da quebra fi­nan­ceira (1998-2000) e da perda da so­be­rania mo­ne­tária através da do­la­ri­zação do país, com a ex­plosão do fenô­meno mi­gra­tório equa­to­riano.

Neste con­texto no qual, entre maio e junho de 1990, to­mava forma o pri­meiro le­vante dos povos e na­ci­o­na­li­dades in­dí­genas do Equador. Suas de­mandas, de de­zes­seis pontos, tra­tavam da de­fesa e rei­vin­di­cação de seus di­reitos, ter­ri­tó­rios, jus­tiça e li­ber­dade.

O “Le­vante do Inti Raymi” con­so­lidou o mo­vi­mento in­dí­gena como um su­jeito pro­ta­go­nista das lutas so­ciais equa­to­ri­anas du­rante um pe­ríodo que se pro­longou entre 1990 e 2005, pas­sando da re­sis­tência po­pular ao co­go­verno du­rante uma breve etapa do go­verno de Lucio Gu­ti­errez. Con­ver­tido o mo­vi­mento po­lí­tico de­no­mi­nado Pa­cha­kutik na prin­cipal força de opo­sição ao ajuste es­tru­tural im­ple­men­tado no Equador desde as ins­ti­tui­ções de Bretton Woods, sua par­ti­ci­pação na gestão go­ver­na­mental – o que ini­ci­al­mente foi con­si­de­rado um triunfo – ge­raria uma crise in­terna, da qual o mo­vi­mento in­dí­gena em seu con­junto ainda não foi capaz de le­vantar a ca­beça. Isso fez com que o ce­nário po­lí­tico mu­dasse e ga­nhassem força as de­mandas ci­dadãs, em torno das quais se aglu­ti­naram as classes e se­tores mé­dios ur­banos. Isso pro­pi­ci­aria a “re­volta dos fo­ra­gidos” e a queda do go­verno gu­ti­er­rista em abril de 2005, úl­tima crise go­ver­na­mental vi­vida neste pe­queno país an­dino.

É a partir deste preâm­bulo que fica fac­tível a cons­trução, apenas meses antes do pri­meiro turno das elei­ções pre­si­den­ciais de 2006, de um fenô­meno po­lí­tico novo, que, no en­tanto, foi tre­men­da­mente eficaz nas urnas: a con­for­mação da Ali­ança PAÍS, sob li­de­rança de um jovem pro­fessor uni­ver­si­tário, Ra­fael Correa, cuja ex­pe­ri­ência po­lí­tica era alheia às lutas dos mo­vi­mentos so­ciais lo­cais e cujo único an­te­ce­dente po­lí­tico era ter ocu­pado du­rante quatro meses o cargo de mi­nistro da Eco­nomia do go­verno an­te­rior à sua eleição.   

A dé­cada cor­reísta 

De­pois de sua posse, a 15 de ja­neiro de 2007, o ob­je­tivo do go­verno do pre­si­dente Correa foi abordar um se­gundo pro­cesso de mo­der­ni­zação ca­pi­ta­lista do país, desta vez me­di­ante a reins­ti­tu­ci­o­na­li­zação e forte in­ter­venção do Es­tado, re­cu­pe­rando a ins­ti­tu­ci­o­na­li­dade pú­blica e a re­le­gi­ti­mação do sis­tema de re­pre­sen­tação po­lí­tica ins­ti­tu­ci­onal. Os ideó­logos do cor­reísmo cha­ma­riam isso de cons­trução de uma so­ci­e­dade “pós-ne­o­li­beral”, im­ple­men­tando um pro­cesso de re­formas por fases, que pre­tendia como ob­je­tivo da cons­trução de um se­gundo mo­mento que po­de­ríamos de­finir como “so­ci­a­lismo de mer­cado” (ca­pi­ta­lismo po­pular), para ter­minar em um ter­ceiro es­tágio, que acharam por bem de­finir como “bi­os­so­ci­a­lismo” (uma so­ci­e­dade de au­to­cons­ci­ência im­ple­men­tada sob os prin­cí­pios ci­vi­li­za­tó­rios do “Bem Viver”).

Na prá­tica, e de­pois de mais de dez anos de go­verno do pre­si­dente Ra­fael Correa, po­demos as­se­verar que o pro­cesso não foi capaz de passar de sua pri­meira fase. Seria o pró­prio pre­si­dente Correa quem, com a se­guinte frase, de­fi­niria de forma ade­quada sua gestão frente ao pú­blico: “ba­si­ca­mente, es­tamos fa­zendo me­lhor as coisas com o mesmo mo­delo de acu­mu­lação, antes de mudá-lo, porque não é nosso de­sejo pre­ju­dicar os ricos, mas, sim, é nossa in­tenção ter uma so­ci­e­dade mais justa e equi­ta­tiva” (Diário El Te­le­grafo, 15 de ja­neiro de 2012). 

Ainda assim, che­gado o ano de 2013, o fim do pe­ríodo co­nhe­cido po­pu­lar­mente na Amé­rica La­tina como “a dé­cada dou­rada ou o boom das ma­té­rias-primas”, as po­lí­ticas pú­blicas cor­reístas so­freram uma forte in­vo­lução de­vido à falta de li­quidez econô­mica go­ver­na­mental.

Dentro desta in­vo­lução, des­tacam-se fatos como a am­pli­ação da fron­teira pe­tro­lí­fera, com seu cor­res­pon­dente im­pacto so­cial e am­bi­ental sobre o con­junto de ter­ri­tó­rios ori­gi­ná­rios dos povos e na­ci­o­na­li­dades in­dí­genas an­ces­trais; a en­trega dos campos ma­duros (co­nhe­cidos no mundo pe­tro­leiro como as joias da coroa) a trans­na­ci­o­nais ex­tra­ti­vistas es­tran­geiras; a con­cessão sem li­ci­tação pú­blica de vá­rios portos es­tra­té­gicos do país a grupos de ca­pital es­tran­geiro; o apoio aos grandes do agro­ne­gócio, em de­tri­mento da so­be­rania ali­mentar na­ci­onal; um pro­cesso de fle­xi­bi­li­zação la­boral que per­mite a re­dução das horas de tra­balho das e dos ope­rá­rios(as); a volta da vi­gi­lância sobre a eco­nomia na­ci­onal pelo FMI; assim como o atual pro­cesso em marcha de pri­va­ti­zação de hi­dro­e­lé­tricas, em­presas de gás e ou­tras em­presas pú­blicas que, ini­ci­al­mente, foram res­ga­tadas du­rante a pri­meira fase deste pro­cesso po­lí­tico au­to­de­no­mi­nado pro­pa­gan­dis­ti­ca­mente como “Re­vo­lução Ci­dadã”. 

O cor­reísmo, tal como ou­tros go­vernos pro­gres­sistas da re­gião, ca­rac­te­rizou-se du­rante seus anos de bo­nança econô­mica por im­pul­si­onar po­lí­ticas so­ciais com­pen­sa­tó­rias, que foram a base da nova go­ver­na­bi­li­dade, a par da que exa­cerbou o mo­delo de ex­plo­ração ex­tra­ti­vista de re­cursos na­tu­rais, for­ta­le­cendo um Es­tado que tinha fi­cado re­du­zido à mí­nima ex­pressão du­rante o pe­ríodo ne­o­li­beral. Fo­mentou-se am­pla­mente a cons­trução de obras de in­fra­es­tru­tura no país, na busca de de­sen­volver certa com­pe­ti­vi­dade sis­tê­mica (cri­ação de um en­torno sus­ten­tador que possa con­duzir a um de­sen­vol­vi­mento ace­le­rado, a buscar van­ta­gens com­pe­ti­tivas para o in­ves­ti­mento pri­vado na­ci­onal e es­tran­geiro). 

A gestão cor­reísta du­rante o pe­ríodo de bo­nança econô­mica (a ar­re­ca­dação do Es­tado equa­to­riano entre 2007 e 2015 foi de 221 bi­lhões de dó­lares, o que sig­ni­ficou uma re­ceita média 3,84 vezes su­pe­rior à ar­re­ca­dação ve­ri­fi­cada entre os anos de 2000 e 2006) per­mitiu que a po­breza pela renda se re­du­zisse em torno de 12 pontos, pas­sando o sa­lário bá­sico de 160 dó­lares em 2006 a 340 dó­lares em 2013; também per­mitiu que o Es­tado in­ves­tisse apro­xi­ma­da­mente 13,5 bi­lhões de dó­lares em saúde, im­pul­si­o­nando a cons­trução de hos­pi­tais e ou­tras in­fra­es­tru­turas sa­ni­tá­rias; per­mitiu que em ma­téria de Edu­cação se tenha in­cre­men­tado a taxa de ma­trí­cula em Edu­cação bá­sica de 92% para 96%, sendo seis pontos per­cen­tuais em na po­pu­lação mais pobre; e per­mitiu que o Es­tado tenha in­ter­vindo em 9000 quilô­me­tros de es­tradas du­rante esta dé­cada. 

O cres­ci­mento da renda per ca­pita du­rante re­fe­rido pe­ríodo ativou a “po­pu­la­ri­zação” do sis­tema fi­nan­ceiro pri­vado (fa­ci­li­dade de acesso ao cré­dito para fa­mí­lias hu­mildes a fim de in­cen­tivar o con­sumo), o que con­so­lidou um ca­pital emer­gente que, ao en­focar seus cri­té­rios de ren­ta­bi­li­dade no mer­cado fi­nan­ceiro in­terno, agravou o pro­blema já an­te­ri­or­mente exis­tente, no caso, de con­trole das em­presas mo­no­pó­licas sobre os dis­tintos se­tores do mer­cado na­ci­onal equa­to­riano. 

É assim que a in­ter­venção do Es­tado na di­na­mi­zação da eco­nomia, prin­cipal ca­rac­te­rís­tica do so­ci­a­lismo do sé­culo 21, sig­ni­ficou que o gasto de in­ves­ti­mento pas­sara de 11,4% do Or­ça­mento Geral do Es­tado em 2008 a 20,5% em 2013, en­quanto os grandes grupos econô­micos que operam no mer­cado na­ci­onal in­cre­men­taram em quase 40% suas re­ceitas. Em poucas pa­la­vras, as mai­ores em­presas que operam no mer­cado equa­to­riano ga­nharam du­rante o pe­ríodo pro­gres­sista subs­tan­ci­al­mente mais que du­rante os anos an­te­ri­ores à che­gada do pre­si­dente Ra­fael Correa ao Pa­lácio de Ca­ron­delet. Assim, em 2006, com um PIB de 46,8 bi­lhões de dó­lares, as 300 mai­ores em­presas do Equador en­traram com 20,363 bi­lhões de dó­lares, o que vem a sig­ni­ficar 43,6% do PIB.

Apenas seis anos de­pois, em 2012, e com um PIB de 84,7 bi­lhões de dó­lares (quase o dobro de 2006), as mesmas em­presas en­traram com 39,289 bi­lhões de dó­lares, o que im­plica três pontos per­cen­tuais a mais no PIB na­ci­onal. Mesmo assim, desde que co­me­çara a queda em 2013 dos preços das ma­té­rias primas no mer­cado global, o país en­trou em uma crise econô­mica que é fruto da falta de mu­danças es­tru­tu­rais no âm­bito econô­mico. Três fa­tores ex­ternos (queda do preço do pe­tróleo, apre­ci­ação do dólar e en­ca­re­ci­mento do fi­nan­ci­a­mento ex­terno), so­mados à falta de di­ver­si­fi­cação pro­du­tiva in­terna, aba­laram se­ri­a­mente o país.

O Equador pos­suir uma es­tru­tura pro­du­tiva al­ta­mente de­pen­dente das ex­por­ta­ções de óleo cru e ou­tros bens pri­má­rios, assim como da im­por­tação de pro­dutos ela­bo­rados para seu bom de­sen­vol­vi­mento. Isso fez com que, quando as ex­por­ta­ções pri­má­rias de­cres­ceram, o país tenha vol­tado ao ca­minho do en­di­vi­da­mento ex­terno e que a eco­nomia equa­to­riana tenha se con­traído, em 2015, em 1,7% do PIB.

O cha­mado “so­ci­a­lismo do sé­culo 21” no Equador não foi capaz, por inépcia ou falta de von­tade po­lí­tica, de trans­formar a ma­triz de acu­mu­lação ca­pi­ta­lista her­dada do ne­o­li­be­ra­lismo. Isso im­plica que a es­tru­tura pro­du­tiva na­ci­onal se man­tenha con­cen­trada em poucos grupos econô­micos que exercem seu con­trole sobre os dis­tintos se­tores da eco­nomia na­ci­onal, apesar de serem baixos ge­ra­dores de em­prego. Os pe­quenos em­pre­en­di­mentos que dão em­prego a até 9 pes­soas geram 70% do em­prego na­ci­onal, en­quanto as em­presas que em­pregam de 100 pes­soas em di­ante con­cen­tram ao redor da me­tade das re­ceitas econô­micas do país. O fisco equa­to­riano re­co­nhece a exis­tência de 118 grandes grupos econô­micos que operam no mer­cado na­ci­onal, dos quais 16 con­trolam a maior parte da eco­nomia. As po­lí­ticas fis­cais e pro­du­tivas de­sen­vol­vidas nos úl­timos anos per­mi­tiram uma série de ex­ce­ções fis­cais que de­ter­minam o fato de a pressão fiscal não re­cair sobre as grandes em­presas, ar­re­ca­dando-se dessas apenas 15% do mon­tante do Im­posto de Renda.

De ta­bela, a atual de­te­ri­o­ração da eco­nomia equa­to­riana faz com que os in­di­ca­dores so­ciais po­si­tivos con­quis­tados du­rante grande parte do pe­ríodo cor­reísta no âm­bito da di­mi­nuição da po­breza, a di­mi­nuição do em­prego ou as me­lho­rias em ma­téria de ca­pa­ci­dade aqui­si­tiva da po­pu­lação, se en­con­trem na atu­a­li­dade em franca de­ca­dência. Para ofe­recer apenas um par de exem­plos sobre esta afir­mação: du­rante o exer­cício 2015 se per­deram 340000 postos de tra­balho digno no país, en­quanto que o au­mento do sa­lário bá­sico para 2017 equi­vale a 30 cen­tavos de dólar por dia, o que não dá pra fi­nan­ciar, no acu­mu­lado de uma se­mana, um triste prato de co­mida no re­fei­tório po­pular mais ba­rato da ci­dade de Quito. 

A questão se agrava à me­dida que o au­mento re­la­tivo da ca­pa­ci­dade aqui­si­tiva da po­pu­lação equa­to­riana du­rante a etapa de bo­nança con­duziu a uma po­lí­tica in­terna de de­mo­cra­ti­zação do acesso ao con­sumo, que no fim das contas de­rivou em um forte cres­ci­mento do en­di­vi­da­mento fa­mi­liar. Se­gundo um es­tudo do Co­légio de Eco­no­mistas de Pi­chincha, 41% dos lares equa­to­ri­anos gastam mais do que ga­nham, sendo as pes­soas mais en­di­vi­dadas as que menos renda au­ferem (en­di­vi­da­mento maior entre os po­bres).

É esta nova con­dição econô­mica que atra­vessa o país que fez o cor­reísmo perder le­gi­ti­mi­dade so­cial du­rante os úl­timos três anos do man­dato de Ra­fael Correa. A crise he­gemô­nica ne­o­li­beral não con­duziu o Equador a uma im­ple­men­tação de um mo­delo pós-ne­o­li­beral an­co­rado em um pro­jeto de trans­for­mação so­cial e econô­mica. O cor­reísmo é apenas um exemplo mais de ló­gicas ilu­só­rias ca­pi­ta­listas, que pre­tendem com­binar cres­ci­mento ca­pi­ta­lista su­bor­di­nado e eman­ci­pação so­cial. E com uma grande dose pro­pa­gan­dís­tica de ra­di­ca­li­dade dis­cur­siva.

Atu­al­mente, fica evi­dente que o cons­truído em ma­téria de me­lho­ra­mento dos in­di­ca­dores so­ciais ao longo deste pe­ríodo tem pi­lares de­ma­si­a­da­mente frá­geis. Dita con­dição nos deve fazer re­fletir, aqui e em ou­tros lu­gares, sobre o fato de que não é pos­sível me­lhorar es­tru­tu­ral­mente a si­tu­ação dos mais po­bres sem tocar os pri­vi­lé­gios das elites econô­micas e dos grandes grupos de poder.

A atual dis­puta elei­toral 

O fato de que Ra­fael Correa não es­teja na cé­dula de vo­tação, so­mado à con­dição de de­te­ri­o­ração econô­mica que vive o país, per­mitiu aos se­tores da opo­sição po­lí­tica as­pi­rarem pela pri­meira vez, de forma séria, ga­nhar a pró­xima eleição.  

Mesmo assim, as ri­va­li­dades exis­tentes entre as dis­tintas fa­mí­lias que con­formam o con­ser­va­do­rismo equa­to­riano não lhes per­mitiu de­sen­volver uma es­tra­tégia de uni­dade si­milar à que, em algum mo­mento, de­sen­volveu a opo­sição da Ve­ne­zuela. Isso faz com que existam duas fac­ções en­fren­tadas na di­reita equa­to­riana. Uma en­ca­be­çada por um mag­nata pro­pri­e­tário de um dos prin­ci­pais bancos do país (Guil­lermo Lasso) e outra por uma po­lí­tica da velha di­reita so­cial-cristã (Cynthia Vi­teri).

Cons­ci­entes de que não podem ga­nhar as elei­ções pre­si­den­ciais se­pa­ra­da­mente, o ob­je­tivo de ambos é forçar o se­gundo turno, ten­tando se po­si­ci­onar, cada um deles, como con­tendor final do con­ti­nuísmo go­ver­nista. De se con­se­guir tal ob­je­tivo, se ar­ti­cu­laria uma ali­ança de quase to­ta­li­dade de forças opo­si­toras para apoiar a can­di­da­tura con­ser­va­dora. Apesar do an­te­rior, até agora ambas as fac­ções da di­reita se con­fron­taram di­a­lé­tica e até fi­si­ca­mente, em ce­ná­rios de apa­rição con­junta. Tudo isso apesar de suas pro­postas elei­to­rais serem si­mi­lares e terem como pro­posta a reim­plan­tação do ne­o­li­be­ra­lismo no Equador.

No âm­bito das es­querdas dis­si­dentes do re­gime, se ali­nharam um con­junto de forças opo­si­toras cujo leque abarca po­si­ções ide­o­ló­gicas que vão desde a so­ci­al­de­mo­cracia li­beral (en­car­nada pela re­cons­ti­tuição do par­tido Es­querda De­mo­crá­tica), até múl­ti­plos se­tores que foram pouco a pouco fi­cando ex­cluídos do go­verno cor­reísta, pas­sando pelo pró­prio Pa­cha­kutik e a Uni­dade Po­pular (um re­con­ver­tido e muito re­du­zido par­tido ma­oísta que no pas­sado se chamou Mo­vi­mento De­mo­crá­tico Po­pular). 

Essa ali­ança elei­toral, que na prá­tica ca­rece de ho­mo­ge­nei­dade ide­o­ló­gica e goza de es­cassas ex­pec­ta­tivas de vi­tória, se agrupa em torno da can­di­da­tura do ge­neral Paco Mon­cayo, um velho mi­litar de corte na­ci­o­na­lista que al­cançou a no­to­ri­e­dade em 1995 como co­man­dante em chefe das Forças Ar­madas do Equador em seu con­flito mi­litar com o Peru. Mon­cayo é pre­cursor do que no país se con­ven­ci­onou chamar, em um átimo de ima­gi­nação inu­si­tada, “mi­li­ta­rismo ilus­trado”.

Nos úl­timos dias, as pes­quisas mais sé­rias no país in­dicam que o par­tido do go­verno (Ali­ança PAÍS) baixa pau­la­ti­na­mente sua in­tenção de voto de­vido aos in­ces­santes es­cân­dalos de cor­rupção ins­ti­tu­ci­onal que estão apa­re­cendo quase de forma diária na im­prensa. O de­senho é es­tra­té­gico e sem dú­vida ela­bo­rado por uma opo­sição con­ser­va­dora, que aguarda até a cam­panha elei­toral para, com a cum­pli­ci­dade da mídia pri­vada, po­si­ci­onar uma larga lista de de­pra­vados casos go­ver­na­men­tais que dão luz à de­com­po­sição ética do re­gime.

Essa cam­panha elei­toral se tornou, para a Ali­ança PAÍS, uma es­pécie de cor­rida contra o re­lógio, pois mesmo que se man­tenha como opção pre­fe­ren­cial do elei­to­rado equa­to­riano, sua queda na in­tenção de voto é sus­ten­tada e suas es­tra­té­gias contam os dias que faltam de cam­panha entre as an­gús­tias da po­dridão que se sente ao seu redor. 

Para ga­nhar o pri­meiro turno com maior ab­so­luta, a Ali­ança PAÍS pre­cisa de 40% dos votos va­lidos, com 10% de van­tagem sobre o se­cundo lugar. Dita con­dição co­meça a se co­locar em questão, ainda que o go­verno conte com o apoio de um Con­selho Na­ci­onal Elei­toral (órgão con­dutor da de­mo­cracia do país, mas cuja com­po­sição é in­tei­ra­mente go­ver­nista) e cuja im­par­ci­a­li­dade elei­toral está sob questão. Pa­ra­le­la­mente, o par­tido CREO (Acre­dito) li­de­rado por Guil­lermo Lasso (prin­cipal força opo­si­tora) aposta pela opção es­co­lhida no úl­timo dia por parte deste 30% do elei­to­rado que nas úl­timas elei­ções votou em Correa, mas atu­al­mente se de­fine como in­de­ciso – apesar da al­tura em que nos en­con­tramos na cam­panha elei­toral e de que o voto no  Equador seja obri­ga­tório para os ci­da­dãos entre 18 e 65 anos.

Em todo caso, e mais além da opção po­lí­tica que vença a eleição, o pró­ximo go­verno se verá obri­gado a pro­ceder um plano de ajuste que con­du­zirá à re­dução do in­ves­ti­mento pú­blico e uma re­ne­go­ci­ação dos pa­ga­mentos da dí­vida ex­terna con­traída du­rante os úl­timos anos pelo re­gime. Ade­mais, basta ouvir os dis­cursos dos prin­ci­pais pre­si­den­ciá­veis para en­tender que os planos de­se­nhados para a saída da atual crise re­cairão, com todas as luzes, sobre as costas dos e das tra­ba­lha­doras. 

É es­perar que, com base no an­te­rior, e com um go­verno que já não go­zará de le­gi­ti­mi­dade so­cial e po­lí­tica sobre a qual se sus­tentou nos pri­meiros sete anos de go­verno cor­reísta, exista uma re­com­po­sição do te­cido so­cial equa­to­riano. Será apenas através da mo­bi­li­zação so­cial que se re­em­po­de­rarão os mo­vi­mentos so­ciais equa­to­ri­anos, esses que pro­ta­go­ni­zaram em seu mo­mento as lutas de re­sis­tência ao ne­o­li­be­ra­lismo, per­mi­tindo um acú­mulo his­tó­rico que levou a Ali­ança PAÍS ao poder, e que hoje se sentem frau­dados pela ação de um go­verno que disse re­pre­sentá-los. 


Decio Ma­chado é so­ció­logo e con­sultor po­lí­tico re­si­dente no Equador.
Pu­bli­cado ori­gi­nal­mente em Vi­ento Sur.
Tra­du­zido por Ga­briel Brito, do Cor­reio da Ci­da­dania.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Incertidumbres ante las próximas elecciones presidenciales

Por Decio Machado
Publicado en Revista Viento Sur

El próximo 19 de febrero Ecuador enfrenta sus primeras elecciones presidenciales en los últimos 10 años y medio sin que el nombre de Rafael Correa Delgado esté en la papeleta de votación.

Entender el ascenso de Alianza PAIS y Rafael Correa al poder, implica entender también sus orígenes, con la conformación de este partido político tan sólo ocho meses antes del proceso electoral del 2006, donde se determinó la primera de las múltiples victorias electorales correístas durante esta década.

Antecedentes inmediatos al correísmo

Al igual que lo que sucedía en el resto de la región, en Ecuador se vivía desde la década de 1990 en un marco de inestabilidad política fruto de un apretado ciclo de levantamientos populares y grandes movilizaciones que conllevaron al derrocamiento de tres presidentes constitucionalmente elegidos (Abdalá Bucaram en 1997, Jamil Mahuad en 2000 y Lucio Gutiérrez en 2005), con el consiguiente descrédito del régimen de partidos, de las instituciones políticas ecuatorianas y del sistema económico neoliberal implementado tras el estallido de la crisis de la deuda externa en 1982. La salida de esta crisis devino en la progresiva construcción de un modelo empresarial de desarrollo que fue consolidado a partir del gobierno de Sixto Durán Ballén (1992-1996) y que fue ampliado por los gobiernos sucesores.

Este período puede ser definido como la fase inicial de la modernización del capitalismo ecuatoriano, durante el cual se mejoraron los beneficios empresariales a costa del deterioro del los servicios públicos, el achicamiento del rol y el tamaño del Estado, la concentración de la riqueza, la desregulación tributaria, la precarización laboral y a partir del crack financiero (1998-2000) y la pérdida de soberanía monetaria a través de la dolarización del país, con la explosión del fenómeno migratorio ecuatoriano.

Es en ese contexto en el cual entre mayo y junio de 1990 tomaba forma el primer levantamiento de los pueblos y nacionalidades indígenas del Ecuador. Sus demandas, dieciséis puntos, recogían la defensa y reivindicación de sus derechos, territorios, la justicia y la libertad.

El “levantamiento del Inti Raymi” consolidó al movimiento indígena como un sujeto protagónico en las luchas sociales ecuatorianas durante un período que se prolongó entre 1990 y 2005, pasando de la resistencia popular al cogobierno durante una breve etapa del gobierno de Lucio Gutiérrez. Convertido el movimiento político Pachakutik en la principal fuerza de oposición al ajuste estructural implementado en Ecuador desde las instituciones de Bretton Woods, su participación en la gestión gubernamental –lo que inicialmente se consideró un triunfo- generaría una crisis interna de la cual el movimiento indígena en su conjunto aún no ha sido capaz de levantar cabeza. Ello hace que el escenario político cambie y tomen fuerza las demandas ciudadanas, en torno a las cuales se aglutinaron las clases y capas medias urbanas. Esto propiciará la “revuelta de los forajidos” y la caída del gobierno gutierrista en abril de 2005, última crisis gubernamental vivida en este pequeño país andino.

Es desde este preámbulo que resulta factible la construcción, apenas unos meses antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 2006, de un fenómeno político nuevo pero que electoralmente resultó tremendamente eficaz: la conformación de Alianza PAIS bajo el liderazgo de un joven profesor universitario, Rafael Correa, cuya experiencia política era ajena a las luchas de los movimientos sociales locales y cuyo único antecedente político era haber ocupado durante cuatro meses el cargo de ministro de Economía durante el gobierno anterior a su elección.

La década correísta

Tras su investidura el 15 de enero de 2007, el objetivo del gobierno del presidente Correa fue abordar un segundo proceso de modernización capitalista en el país, esta vez mediante la reinstitucionalización y fuerte intervención del Estado, recuperando la institucionalidad pública y la relegitimación del sistema de representación política institucional. Los ideólogos del correísmo llamarían a esto la construcción de una sociedad posneoliberal, implementado un proceso de reformas por fases que pretendía como objetivo la construcción de un segundo momento que podríamos definir como “socialismo de mercado” (capitalismo popular), para terminar en un tercer estadio que tuvieron a bien definir como “biosocialismo” (una sociedad de autoconciencia implementada bajo los principios civilizatorios del Buen Vivir).

En la práctica y tras más de diez años de gobierno del presidente Rafael Correa, podemos aseverar que el proceso no ha sido capaz de pasar de su primera fase. Sería el propio presidente Correa quien con la siguiente frase definiría de forma adecuada su gestión ante un medio público: “básicamente estamos haciendo mejor las cosas con el mismo modelo de acumulación, antes de cambiarlo, porque no es nuestro deseo perjudicar a los ricos, pero sí es nuestra intención tener una sociedad más justa y equitativa” (Diario El Telégrafo, 15 de enero de 2012). Sin embargo, llegado en el año 2013 el fin del período conocido popularmente en América Latina como la “década dorada o del boom de las materias primas”, las políticas públicas correístas sufrieron una fuerte involución debido a la falta de liquidez económica gubernamental. Dentro de esta involución destacan hechos como la ampliación de la frontera petrolera con su correspondiente impacto social y ambiental sobre el conjunto de territorios originarios de los pueblos y nacionalidades indígenas ancestrales; la entrega de los campos maduros (conocidos en el mundo petrolero como las “joyas de la corona”) a transnacionales extractivas extranjeras; la concesión sin licitación pública de varios puertos estratégicos del país a grupos de capital extranjeros; el apoyo a los grandes del agronegocio en detrimento de la soberanía alimentaria nacional; un proceso de flexibilización laboral que permite la reducción de las horas trabajo de las y los operarios; la vuelta de la vigilancia sobre la economía nacional a manos del FMI; así como el actual proceso en marcha para la privatización de hidroeléctricas, gasolineras y otras empresas públicas que inicialmente fueron rescatadas durante la primera fase de este proceso político autodenominado propagandísticamente como revolución ciudadana.

El correísmo, al igual que otros gobiernos progresistas de la región, se caracterizó durante sus años de bonanza económica por impulsar políticas sociales compensatorias que fueron la base de esta nueva gobernabilidad a la par que exacerbó el modelo de explotación extractivista de recursos naturales, fortaleciendo un Estado que había quedado reducido a su mínima expresión durante el período neoliberal y fomentando ampliamente la construcción de obras de infraestructura en el país en la búsqueda de desarrollar cierta competitividad sistémica (creación de un entorno sustentador que pueda conducir a un desarrollo acelerado buscando ventajas competitivas para la inversión privada nacional y extranjera).

La gestión correísta durante el período de bonanza económica (los ingresos del Estado ecuatoriano entre 2007 y 2015 fueron de 221 mil millones de dólares, lo que significó unos ingresos promedio 3,84 veces superior a los ingresos existentes entre los años comprendidos entre 2000 y 2006) permitió que la pobreza por ingresos se redujera en torno a los 12 puntos, pasando el salario básico de 160 dólares en 2006 a 340 dólares en 2013; que el Estado invirtiese aproximadamente 13 500 millones de dólares en salud, impulsando la construcción de hospitales y otras infraestructuras sanitarias; que en materia de Educación se haya incrementado la tasa neta de matrícula en educación básica del 92% al 96%, siendo de seis puntos porcentuales el incremento de matrículas en el caso de la población más pobre; y que el Estado haya intervenido sobre 9 000 kilómetros de carreteras durante esta década.

El crecimiento de la renta per cápita durante dicho período activó la “popularización” del sistema financiero privado (facilidad de acceso al crédito para familias humildes buscando incentivar el consumo), lo que consolidó un capital emergente que enfocando sus criterios de rentabilidad hacia el mercado interno agudizó el problema ya anteriormente existente del control de empresas monopólicas sobre los distintos sectores del mercado nacional ecuatoriano.

Es así que la intervención del estado en la dinamización de la economía, principal característica del socialismo del siglo XXI, significó que el gasto de inversión pasara del 11,4% por Presupuesto General del Estado en 2008 al 20,5% en 2013, mientras los grandes grupos económicos que operan en el mercado nacional incrementaron en casi un 40% sus ingresos. En pocas palabras, las empresas más grandes que operan en el mercado ecuatoriano ganaron durante el período progresista sustantivamente más que durante los años anteriores a la llegada del presidente Rafael Correa al Palacio de Carondelet. Así, en 2006, con un PIB de 46 800 miles de millones de dólares, las 300 empresas más grandes en Ecuador ingresaron 20 363 millones de dólares, lo que viene a significar un 43,6% del PIB. Tanto solo seis años después, en 2012, y con un PIB de 84 700 millones de dólares (casi el doble que el del 2006), estas mismas empresas ingresaron 39 289 millones de dólares, lo que implica tres puntos porcentuales más sobre el PIB nacional.

Sin embargo, desde que comenzase la caída en 2013 de los precios de las materias primas en el mercado global, el país entró en una crisis económica que es fruto de la falta de cambios estructurales en el ámbito económico. Tres factores externos (caída del precio del petróleo, apreciación del dólar y encarecimiento del financiamiento externo) sumado a la falta de diversificación productiva interna han golpeado seriamente al país.

Ecuador posee una estructura productiva altamente dependiente de las exportaciones de crudo y otros bienes primarios, así como de la importación de productos elaborados para su buen desenvolvimiento. Esto hace que cuando las exportaciones primarias decrecieron el país haya vuelto a la senda del endeudamiento externo y que la economía ecuatoriana se haya contraído en 2015 un 1,7% de su PIB.

El llamado “socialismo del siglo XXI” en Ecuador no fue capaz, por incapacidad o por falta de voluntad política, de transformar la matriz de acumulación capitalista heredada del neoliberalismo. Esto implica que la estructura productiva nacional se mantenga concentrada en pocos grupos económicos que ejercen su control sobre los distintos sectores de la economía nacional, a pesar de que sean bajos generadores de empleo. Los pequeños emprendimientos que dan empleo hasta 9 personas generan el 70% del empleo nacional, mientras que las empresas que emplean desde 100 personas en adelante concentran alrededor de la mitad de los ingresos de la economía del país. El fisco ecuatoriano reconoce la existencia de 118 grandes grupos económicos que operan en el mercado nacional, de los cuales 16 controlan la mayor parte de la economía. Las políticas fiscales y productivas desarrolladas en los últimos años permitieron una serie de excepciones fiscales que determinan el hecho de la presión fiscal no recaiga sobre las grandes empresas, recaudándose de estas tan solo el 15% del montante total del Impuesto a la Renta.

A la postre, el actual deterioro de la economía ecuatoriana conlleva que los indicadores sociales positivos logrados durante gran parte del período correísta en el ámbito de la disminución de la pobreza, la disminución del empleo o las mejoras en materia de capacidad adquisitiva de la población, se encuentren en la actualidad en franco deterioro. Por ofrecer tan solo un par de ejemplos sobre esta afirmación: durante el ejercicio 2015 se perdieron 340 000 puestos de empleo digno en el país, mientras que el incremento del salario básico para 2017 equivale a 30 centavos de dólar al día, lo que no da para financiar en su acumulado de una semana un triste plato de comida en el comedor popular más económico existente en la ciudad de Quito.

La cuestión se agrava en la medida que el incremento relativo de la capacidad adquisitiva de la población ecuatoriana durante la etapa de bonanza, conllevó a una política interna de democratización del acceso al consumo, que a la postre ha derivado en un fuerte crecimiento del endeudamiento familiar. Según un estudio del Colegio de Economistas de Pichincha, el 41% de los hogares ecuatorianos gastan más de lo que ganan, siendo las personas más endeudadas las que menos ingresos perciben (mayor endeudamiento entre los pobres).

Es esta nueva condición económica que atraviesa el país lo que ha hecho que el correísmo haya perdido legitimación social durante los últimos tres años de mandato del presidente Correa. La crisis hegemónica neoliberal no conllevó en Ecuador a la implementación de un modelo posneoliberal anclado a un proyecto de transformación social y económico. El correísmo es apenas un ejemplo más de las lógicas ilusorias capitalistas que pretenden de combinar crecimiento capitalista subordinado y emancipación social. Eso sí, todo ello con una gran dosis propagandística de radicalidad discursiva.

En la actualidad se evidencia que lo construido en materia de mejoramiento de los indicadores sociales a lo largo de este período tiene unos pilares demasiado frágiles. Dicha condición nos debe hacer reflexionar, aquí y en otros lugares, sobre el hecho de que no es posible mejorar estructuralmente la situación de los más pobres sin tocar los privilegios de las élites económicas y los grandes grupos de poder.

La actual disputa electoral

El hecho de que Rafael Correa no esté en la papeleta de votación, sumado a la condición de deterioro económico que vive el país, permitió que los sectores de la oposición política aspiraran por primera vez de forma seria a ganar el próximo proceso electoral.

Sin embargo, las rivalidades existentes entre las distintas familias que conforman el conservadurismo ecuatoriano no les ha permitido desarrollar una estrategia de unidad similar a lo que en algún momento desarrolló la oposición en Venezuela. Esto hace que existan dos facciones enfrentadas de la derecha ecuatoriana. Una encabezada por un magnate propietario de uno de los principales bancos del país (Guillermo Lasso), y otra por una política de la vieja derecha socialcristiana (Cynthia Viteri). Conscientes de que no pueden ganar las elecciones presidenciales por separado, el objetivos de ambos es forzar una segunda vuelta o balotaje, intentando posicionarse cada uno de ellos como el contendor final al continuismo oficialista. De lograr tal objetivo, se articularía una alianza de casi la totalidad de fuerzas opositoras para apoyar la candidatura conservadora. Más allá de lo anterior, en lo que va de campaña electoral, ambas facciones de la derecha han confrontado dialéctica y hasta físicamente en escenarios de aparición conjunta. Todo ello a pesar de que sus propuestas electorales sean similares y tengan como propuesta la reimplementación del neoliberalismo en Ecuador.

Desde el ámbito de las izquierdas disidentes al régimen, se alinearon un conjunto de fuerzas opositoras cuyo abanico abarca posiciones ideológicas que van desde la socialdemocracia liberal (encarnada por el reconstituído partido Izquierda Democrática), hasta múltiples sectores que han ido poco a poco quedando excluidos del gobierno correísta, pasando por el propio Pachakutik y la Unidad Popular (un reconvertido y muy disminuido partido maoísta que en el pasado se denominó Movimiento Democrático Popular).

Esta alianza electoral, que en la práctica carece de homogeneidad ideológica y que goza de escasas expectativas cara a ganar las elecciones, se agrupa en torno a la candidatura del general Paco Moncayo, un viejo militar de corte nacionalista que alcanzó notoriedad en 1995 como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas del Ecuador en su conflicto militar con el Perú. Moncayo es precursor de lo que en el país se ha venido a llamar, en una alarde de imaginación inusitada, “militarismo ilustrado”.

A menos de dos semanas de los comicios electorales, las encuestas más serias en el país vienen a indicar que el partido de gobierno (Alianza PAIS) baja paulatinamente su intención de voto debido a los incesantes escándalos de corrupción institucional que están apareciendo casi de forma diaria en la prensa nacional. El diseño es estratégico y sin duda elaborado por la oposición conservada, quienes aguardaron hasta la campaña electoral para, con la complicidad de los medios de comunicación privados, posicionar una larga lista de depravados affaires gubernamentales que dan luz a la descomposición ética del régimen.

Esta campaña electoral se convirtió para Alianza PAIS en una especie de partido contra reloj, pues aunque se mantienen como opción preferencial del electorado ecuatoriano, su caída en intención de voto es sostenida y sus estrategas cuentan los días que faltan de campaña entre las angustias de la pudredumbre que se va aireando a su alrededor.

Para ganar en primera vuelta sin mayoría absoluta, Alianza PAIS necesita del 40% de los votos válidos con un 10% de ventaja sobre sus opositores. Dicha condición comienza a ponerse en cuestión, aunque el régimen cuenta con el apoyo de un Consejo Nacional Electoral (órgano rector de la democracia en el país, pero cuya composición en íntegramente oficialista) cuya imparcialidad electoral está en cuestión. En paralelo, el partido CREO liderado por Guillermo Lasso (principal fuerza opositora) apuesta por ser la opción elegida en el último día por parte de ese 30% del electorado que en pasadas elecciones depositó su voto por el correísmo, pero que en la actualidad se define como indeciso a pesar de lo avanzado de la campaña electoral y de que el voto en Ecuador sea obligatorio para el conjunto de ciudadanos comprendidos entre los 18 y los 65 años.

En todo caso y más allá de la opción política que triunfe electoralmente en esta campaña electoral, el próximo gobierno se verá obligado a proceder con un plan de ajuste que conllevará el recorte del gasto público y una renegociación para los pagos de la deuda externa contraída durante estos últimos años por el régimen. Además, basta oír los discursos de los principales presidenciables para entender que los planes diseñados para la salida de la actual crisis recaerá a todas luces sobre las espaldas de las y los trabajadores. Es de esperar que en base a lo anterior y con un gobierno que ya no gozará de la legitimidad social y política sobre la que se sustentó los primeros siete años de gobierno correísta, exista una recomposición del tejido social ecuatoriano. Será únicamente a través de la movilización social como se reempoderarán los movimientos sociales ecuatorianos, esos que protagonizaron en su momento las luchas de resistencia al neoliberalismo, permitiendo un acumulado histórico que llevo a Alianza PAIS al poder, y que hoy se sienten defraudados por el accionar de un gobierno que dijo representarles.

Decio Machado. Sociólogo. Consultor político residente en Ecuador.

lunes, 30 de enero de 2017

O cenário político e econômico e os rumos da América Latina

Entrevista a Decio Machado

Por: João Flores da Cunha | Tradução: Juan Luis Hermida
http://www.ihu.unisinos.br/564418-o-cenario-politico-e-economico-e-os-rumos-da-america-latina-entrevista-especial-com-decio-machado

O fim do boom das exportações de commodities alterou o cenário na América Latina e inaugurou um período de incertezas. Em entrevista concedida por e-mail para a IHU On-line, o pesquisador Decio Machado aborda o panorama político e econômico da região e o cenário conjuntural do Equador, cuja população irá às urnas no dia 19-02 para escolher o sucessor de Rafael Correa na presidência do país.

Ele alertou que “os lucros derivados do auge do preço das commodities durante os anos anteriores já desapareceram” e “o crescimento da dívida externa volta a ser uma realidade inquietante”. Analisando o ciclo dos governos progressistas na América Latina, afirmou que o “déficit [desses governos] no que diz respeito à falta de mudanças estruturais em nossas respectivas economias nacionais advém do fato de que combinaram sua radicalidade discursiva com a convivência junto ao poder das elites econômicas que historicamente dominaram nossos países”.

Machado tece críticas ao modelo de desenvolvimento baseado na exportação de matérias-primas, e defende que esse seja superado. Para ele, “temos de superar o falso dilema ‘extrativismo ou pobreza’” implementado na América Latina, e “não deixa de causar rubor que o planejamento estratégico dos governos latino-americanos para superar o extrativismo esteja baseado em implementar cada vez mais extrativismo”.

O pesquisador abordou as relações econômicas da região com a China, e afirmou que “se a América Latina, apesar da assimetria existente na sua relação comercial com a China, quer seguir sendo competitiva ante esse país, está obrigada a diversificar e modernizar a sua estrutura produtiva”. Para ele, as medidas protecionistas que devem ser implementadas pelo governo de Donald Trump nos Estados Unidos irão causar um “aprofundamento ainda maior das relações comerciais, econômicas e militares que já vêm se estabelecendo entre a América Latina e a zona Ásia-Pacifico”.


Decio Machado (Foto: Arquivo pessoal)

Decio Machado é consultor internacional em Políticas Públicas, Análise Estratégica e Comunicação. Pesquisador associado em Sistemas Integrados de Análise Socioeconômica e diretor da Fundação Alternativas Latino-americanas de Desenvolvimento Humano e Estudos Antropológicos (ALDHEA). É membro da EQUIPE fundadora do periódico Diagonal, assim como colaborador habitual em diversos meios de comunicação na América Latina e na Europa.

Confira a entrevista.

IHU On-Line – Qual é o atual cenário político e econômico no Equador?

Decio Machado – O país vive um momento de transição política. Depois de dez anos de mandato, Rafael Correa abandonará seu cargo no próximo dia 24-05, data na qual será investido o próximo presidente da República do Equador. Além de quem ganhe as eleições do dia 19-2, isto significará uma mudança na política institucional do país, pois o correísmo, para o bem ou para o mal, na prática se transformou em uma proposta de concentração de poderes em torno de um líder carismático que dificilmente terá continuidade sem a sua presença no Palácio de Carondelet.

Com respeito à economia, depois de um prolongado período de bonança derivado do chamado “boom das commodities” o país tem sido fortemente golpeado pela queda do preço do petróleo, a apreciação do dólar e o encarecimento do financiamento externo. A soma dessas circunstâncias fez com que a economia equatoriana feche o ano de 2016 com uma contração de 1,7%, enquanto o déficit fiscal tem sem mantido embora a dívida pública (interna e externa) tenha se incrementado notavelmente. Indicadores sociais positivos alcançados durante grande parte do período correísta no âmbito da luta contra a pobreza, a diminuição do desemprego, as melhorias nas condições laborais dos trabalhadores, e o crescimento da capacidade aquisitiva da população, encontram-se neste momento em franca deterioração.

IHU On-Line – Como você define o governo de Rafael Correa? Qual é o legado do seu governo?

Decio Machado – Considero que quem melhor definiu este período foi o próprio presidente Rafael Correa quando disse aquilo de que “basicamente estamos fazendo melhor as coisas com o mesmo modelo de acumulação”. Na pratica, trata-se de um governo que impulsionou a modernização do sistema capitalista no Equador por meio do fortalecimento do papel do Estado. Para isso foram impulsionadas políticas sociais compensatórias que foram o eixo dessa nova governabilidade, ao mesmo tempo em que se exacerbou o modelo de exploração extrativista de recursos naturais e se fomentou amplamente a construção de obras de infraestrutura no país.

O seu legado combina a estabilização política com o desenvolvimento de um modelo de Estado-controle, o que implica a desarticulação e neutralização do tecido social organizado que antigamente tinha sido protagonista de grandes lutas sociais. Para isso, o correísmo se empenhou em controlar a vida coletiva a partir do aparato do Estado por meio da judicialização do protesto social. Desde essa perspectiva, o regime correísta é altamente involucionista, pois entende o Estado-nação como limite do pensamento e das práticas emancipatórias dos distintos povos e nacionalidades que formam o Equador.

Na atualidade, com a chegada da crise econômica fruto do fim da “década dourada das commodities”, ficou evidente que aquilo que foi construído em matéria de melhoramento dos indicadores sociais ao longo desse período tem pilares frágeis demais. Isso nos faz refletir sobre o fato de que não é possível melhorar estruturalmente a situação dos pobres sem tocar nos privilégios das elites econômicas e dos grandes grupos de poder.

O que foi construído em matéria de melhoramento dos indicadores sociais ao longo da década das commodities tem pilares frágeis demais

IHU On-Line – Qual é a sua expectativa para as eleições presidenciais? Você acredita que Lenín Moreno será eleito?

Decio Machado – O fato de que Rafael Correa não está na cédula de votação, somado a que o país se encontra numa recessão econômica, gerou amplas expectativas nos setores de oposição ao regime. No entanto, foram os próprios erros deles que os levaram a se situar em condições desfavoráveis durante esta contenda eleitoral.

No âmbito conservador, a rivalidade entre distintas facções da direita não permitiu que apresentassem uma candidatura de unidade frente ao regime; e no caso das dissidências pela esquerda ao correísmo, àqueles que sim conseguiram se unificar em torno de uma candidatura presidencial comum faltou o valor para desenvolver um programa de ruptura que fosse além da pregação sobre a recuperação da democracia e das liberdades.

O discurso das diversas candidaturas de oposição, independentemente de sua sensibilidade política, acabou convergindo numa narrativa comum que se baseia na má gestão econômica do regime durante os últimos anos e a corrupção institucional que existe, fazendo muito difícil distinguir suas diferentes propostas programáticas ante a cidadania.

Por sua parte, a campanha eleitoral do oficialismo está baseada em evidenciar a obra pública e o investimento social realizados durante esta década, posicionando o seu candidato presidencial como mudança de estilo na hora de governar dentro da continuidade do regime.

As pesquisas sérias sobre a intenção de voto no Equador indicam que o partido oficial abaixa a sua intenção de voto em função de que vêm aparecendo diferentes escândalos de corrupção durante o mandato do presidente Correa, enquanto os partidos de oposição não crescem na mesma proporção. Enquanto a Aliança PAÍS [partido de Rafael Correa e Lenín Moreno] mantenha uma vantagem superior a 10 pontos percentuais sobre seus diferentes rivais eleitorais, a disputa está em que a candidatura de Lenín Moreno obtenha 40% dos votos válidos para ganhar no primeiro turno. Se não for assim, quer dizer, no caso de que exista um segundo turno, a coisa poderia se complicar para o partido governista, dado que estaríamos em um cenário de rearticulação de alianças entre as forças opositoras.

IHU On-Line – Do ponto de vista da esquerda, quem é o melhor candidato para a presidência do Equador?

Decio Machado – Eu considero que se alguma coisa as esquerdas temos que aprender deste período definido como “ciclo progressista” na América Latina é que, mais além de que com determinadas políticas sociais se melhore de maneira conjuntural os números da desigualdade, são necessárias políticas reais de redistribuição da riqueza que transformem o modelo de acumulação desigual herdado do neoliberalismo.

O déficit dos governos progressistas no que diz respeito à falta de mudanças estruturais em nossas respectivas economias nacionais advém do fato de que combinaram sua radicalidade discursiva com a convivência junto ao poder das elites econômicas que historicamente dominaram nossos países. Isso implicou que a crise hegemônica neoliberal derivasse em um modelo pós-neoliberal carente de projeto anticapitalista.

Voltando ao caso equatoriano, não vejo na candidatura presidencial governista nem na candidatura aglutinadora das esquerdas dissidentes do correísmo nenhuma reflexão a esse respeito. Não encontro nem em um nem no outro programa a capacidade de imaginar o fim da depredação capitalista.

IHU On-Line – No Equador, Correa teve desgastes por conta do fracasso da iniciativa Yasuní-ITT. Na Bolívia, o presidente Evo Morales teve problemas por causa do projeto da estrada no Parque Tipnis. Como você vê a relação entre esses governos e os movimentos sociais e indígenas desses países?

Decio Machado – O problema de fundo entre os chamados governos progressistas e os movimentos sociais é que nesses países tem sido registrado um aumento da repressão contra os protestos sociais. Tanto no Equador como na Bolívia temos visto como se adotaram medidas administrativas contrárias às organizações sociais que explicitaram sua rejeição ao modelo extrativista, ao mesmo tempo que se aplicaram lógicas de criminalização dos protestos sociais sobre líderes comunitários, organizações de mulheres e comunidades indígenas em resistência.

Esses fatos são um reflexo da involução desses processos políticos, em que a dissidência social foi acusada de rebelião, sabotagem e inclusive de terrorismo. Assistimos a nível planetário a implementação de uma nova tecnologia de poder por parte dos Estados, e para isso é preciso colocar em andamento medidas de disciplinamento que normalizem a sociedade e descomponham seus indivíduos, fixando procedimento de adestramento progressivo e controle permanente sobre a sociedade civil. O que surpreende no caso dos países progressistas é que ditas políticas sejam assumidas com naturalidade por parte dos governos que dizem falar em nome de seus povos e movimentos sociais.

IHU On-Line – O desenvolvimento econômico da América Latina nos anos recentes foi em grande parte impulsionado pela exportação de commodities. Quais são os impactos desse modelo extrativista para os países do continente?

Decio Machado – Durante esta última década e meia o modelo de desenvolvimento latino-americano aprofundou a sua inserção internacional dependente como provedor de matérias primas. Isto implicou numa maior vulnerabilidade dessas economias, subordinando-as às flutuações erráticas dos mercados globais.

Além disso, o impacto ambiental é inquestionável no âmbito do desmatamento, da contaminação e da deterioração da saúde pública nos territórios afetados. Semelhante também é o impacto na política, motivo pelo qual não é casualidade que em todos os países sul-americanos tenham sido identificados casos de corrupção vinculados à gestão de setores estratégicos e empresas extrativistas.

Junto a todo o anterior vem um processo de aceleração de lógicas vinculadas à acumulação por desapropriação, produzindo desalojamentos, transformação violenta das formas tradicionais de vida nas comunidades diretamente afetadas, deslocamentos de setores campesinos e indígenas de seus territórios históricos, militarização, criminalização dos protestos sociais, violência estatal e paraestatal.

Extrativismo

Os defensores do extrativismo entendem esse modelo como um mecanismo para capitalizar o Estado, para posteriormente implementar políticas destinadas à transformação da matriz produtiva e impulsionar o desenvolvimento endógeno nos seus respectivos países. No entanto, esses processos extrativistas se caracterizam por serem economias de enclave, não geram atividades econômicas novas através do encadeamento produtivo e nem se integram no mercado laboral, orientando a exploração de recursos naturais no sentido das necessidades do mercado global. Em todo caso, não deixa de causar rubor que o planejamento estratégico dos governos latino-americanos para superar o extrativismo esteja baseado em implementar cada vez mais extrativismo.

IHU On-Line – Você acredita que é possível reverter 500 anos de colonialismo e extrativismo na America Latina? Existe alguma alternativa para este modelo?

Decio Machado – Como falei anteriormente, a superação do modelo primário exportador no subcontinente baseia sua urgência em questões de índole econômicas, políticas, ambientais e inclusive de saúde democrática. Para isso temos de superar o falso dilema “extrativismo ou pobreza” implementado pelos governos latino-americanos e especialmente pelos que tomam a bandeira de progressistas.

Para isso é necessário gerar uma série de medidas que seriam complexas de desenvolver na sua integridade durante esta entrevista, mas sobre as quais vou apontar algumas ideias gerais já esboçadas por outros autores: frente à reprimarização das economias latino-americanas é urgente pôr em andamento medidas eficazes focadas na diversificação da produção nacional e incorporar o valor interno do retorno; o processo de integração regional, hoje paralisado, deve ser a base para a busca de complementaridades econômicas entre os países da região, reduzindo dependência em relação aos mercados do norte; os países latino-americanos devem buscar um novo perfil de especialização que lhes permita outra forma de inserção no mercado global; é necessário gerar políticas econômicas eficientes no âmbito da cadeia de produção, fiscal e de demanda; e por último devemos, sob um critério de sustentabilidade planetária, harmonizar economia e sociedade com a natureza sob os princípios do Bem Viver, passando do antropocentrismo ao biopluralismo.

Estamos obrigados, pelo bem comum e pela sobrevivência planetária, a mudar o atual paradigma civilizatório.

IHU On-Line – No âmbito desse modelo econômico extrativista, como você vê a relação da América Latina com a China? Você diria que a economia latino-americana depende das matérias primas que exporta para China?

Decio Machado – Os principais beneficiários do auge do comércio entre a China e a América Latina têm sido os exportadores de matérias-primas. Veja que durante o período compreendido entre 2001 e 2010 as exportações dos produtos de mineração e combustíveis fósseis para a China cresceram em um ritmo de 16% ao ano. Tirando o México, as cinco principais exportações de bens primários de todos os países da região representam no mínimo 80% do valor total das exportações para a China, sendo as matérias-primas seu eixo motor. Isto fez com que a região sofresse uma forte reprimarização das suas economias.

Porém, na atualidade a China está passando por um programa de reajuste do seu modelo de desenvolvimento para algo que pretende ser mais sustentável no futuro. Isso implicará em um menor dinamismo no seu crescimento econômico e em uma maior dependência do seu consumo interno, junto ao impulso das indústrias com maior valor agregado e serviços.

Projeções

Voltando ao expressado na pergunta anterior, se a América Latina, apesar da assimetria existente na sua relação comercial com a China, quer seguir sendo competitiva ante esse país, está obrigada a diversificar e modernizar a sua estrutura produtiva. Segundo projeções da CEPAL pertencentes ao âmbito das reformas que estão tendo lugar na China na atualidade, em 2030 o crescimento médio das exportações latino-americanas de metais e minerais para esse país poderia cair dos 16% na década anterior aos 4%, e os mesmos indicadores de redução são previstos no caso dos combustíveis.

Porém, a China terá em 2030 uma cifra superior a 1,4 bilhões de habitantes. Enquanto a população chinesa equivale a 19% da população global, o país dispõe tão somente de 7% da terra cultivável e de 6% das reservas hídricas mundiais. Com base na recomposição do consumo que se está dando na China (cai a demanda de arroz e trigo enquanto aumenta o consumo de açúcar e carne de vitela), a América Latina deveria estar desenhando políticas proativas de desenvolvimento produtivo nesses setores, potencializando a associatividade dos pequenos produtores e cooperativas para que tenham um papel destacado na exportação de produtos agropecuários, com um modelo de produção respeitoso com o entorno natural e com políticas de dignificação do emprego e dos salários.

Turismo

Para dar apenas outro exemplo, no caso do turismo, em que a China tem se convertido em um grande mercado exportador de visitantes ao Exterior, a situação da América Latina também continua sendo marginal sem que estes governos tenham até o momento a capacidade de mudar substancialmente esta realidade. Os gastos dos turistas chineses no exterior foram no ano de 2015 de 215 bilhões de dólares, 53% a mais que no ano anterior. No entanto, destes mais de 120 milhões de embarques internacionais protagonizados pela população chinesa, tão somente 0,7% chega à América Latina, hospedando-se além de tudo em instalações cuja propriedade é de grandes holdings hoteleiros internacionais, no lugar de potencializar o turismo comunitário, a economia social e solidária, assim como as economias dos habitantes das localidades afetadas.

IHU On-Line – Como você vê as perspectivas econômicas para a América Latina? As projeções do FMI e do Banco Mundial indicam um baixo crescimento em 2017.

Decio Machado – Como já demonstrou Thomas Piketty, desde 1700 até 2012 a economia mundial cresceu em média 1,6% ao ano, enquanto a taxa de retorno do capital esteve entre 4 e 5%, o que implica que a riqueza global terminou em pouquíssimas mãos – e no caso da América Latina estes indicadores foram de ainda maior concentração.

Apesar da redução dos indicadores de pobreza a que temos assistido durante os últimos anos na região, fruto da não intervenção nos pilares estruturais da desigualdade, na América Latina hoje os 10% mais ricos da população concentram 71% da riqueza regional. O próprio Banco Mundial tem relatórios nos quais se indicam que se essa tendência continuar, em menos de dez anos, o 1% mais rico da região terá mais riqueza que o 99% restante.

Desde essa perspectiva, o problema não é tanto o indicador de crescimento prognosticado pelas instituições de Bretton Woods, mas como é repartida a riqueza em nossa região. É um fato que os lucros derivados do auge do preço das commodities durante os anos anteriores já desapareceram e que o crescimento da dívida externa volta a ser uma realidade inquietante sem que por isso se estejam aplicando políticas fiscais claramente progressivas que busquem modelos comprometidos com a igualdade social.

Desigualdade

Isso não significa deixar de reconhecer que estamos ante a primeira recessão bianual em mais de três décadas na região, o que implica também o risco de que parte dos setores que se incorporaram às classes médias nesses últimos anos possam reverter a sua condição em um futuro imediato. Segundo a CEPAL, já em 2015 se incrementou em sete milhões de pessoas o número de pobres na América Latina, o que representa um retrocesso sobre os indicadores de diminuição da pobreza obtidos no período imediatamente anterior.

Mas falemos claramente: apesar de tudo aquilo explicitado anteriormente, os governos da América Latina e entre eles também os de perfil progressista, seguem outorgando um tratamento favorável às companhias multinacionais em matéria fiscal. Um estudo recente realizado pela Oxfam revela que a carga impositiva para as empresas nacionais latino-americanas equivale ao dobro da carga efetiva suportada pelas companhias transnacionais, o que não pode fazer-nos sentir mais do que vergonha em uma região que é considerada como a mais desigual do planeta.

Os governos da América Latina seguem outorgando um tratamento favorável às companhias multinacionais

IHU On-Line – Quais são as perspectivas para a América Latina no governo Trump, e para o México em especial?

Decio Machado – Nem na sua campanha eleitoral nem no seu discurso de posse Donald Trump deu maior importância à América Latina. Para além das especulações, no que se refere ao subcontinente existem tão somente dois anúncios claros: a ratificada proposta de ampliar o muro já existente na fronteira sul estadunidense e a renegociação do Tratado de Comércio da América do Norte (TLCAN) que teria um impacto sobre o México, assim como a vontade de “dar marcha a ré” nas medidas de normalização das relações diplomáticas com Cuba impulsionadas pelo governo Obama.

Começando pelo México, cabe indicar que os problemas da sua economia nacional vêm de antes, e são fruto de uma moeda que se desvalorizou mais de 50% nos últimos anos, de uma inflação crescente por conta dos aumentos da gasolina e da energia elétrica, de uma dívida pública que chega já a 48% do PIB e de uma série de periódicos cortes do gasto público que diminuíram a capacidade aquisitiva da sua população. Para além do anterior, o “efeito Trump” está fazendo com que os cinco setores que concentram 60% do PIB mexicano (manufatura, comércio, setores imobiliários, construção e mineração) estejam registrando uma importante desaceleração em relação ao último ano. A instabilidade econômica que o país atravessa está provocando a fuga de capitais, há o risco de suas exportações para os Estados Unidos sofrerem uma taxação de 35% e a indústria maquiladora que se situa na fronteira poderia inclusive chegar a desaparecer.

Parte do que sucede hoje no México é consequência de que o país foi incapaz de diversificar suas exportações, fato que determina que 80% delas tenham como destino os Estados Unidos. Entendo que, na atual conjuntura, o governo mexicano está obrigado a modificar essa realidade e reposicionar com urgência o seu olhar sobre o mercado asiático. Apesar da importância adquirida pela China na região, as vendas de produtos mexicanos para esse país não somaram mais que 1,5% do total das suas exportações durante o ano passado.

A respeito de Cuba, os benefícios econômicos que a normalização das relações diplomáticas com os Estados Unidos trouxe para a ilha são evidentes e agora poderiam estar também em risco. Em um momento no qual as economias dos países solidários com o povo cubano, como é o caso da Venezuela, estão se deteriorando, Cuba alcançou no ano passado a cifra recorde de quatro milhões de turistas. Isso implica num crescimento de 13% do setor turístico cubano com respeito ao ano anterior (segunda fonte de ingressos do país) e isso tem muito a ver com que o número de visitantes estadunidenses tenha aumentado em 80%.

IHU On-Line – Como as eventuais mudanças geopolíticas geradas pela eleição de Trump podem impactar a América Latina? No caso de se concretizar um cenário de maior proximidade entre os Estados Unidos e a Rússia, o que isso significaria para o nosso continente?

Decio Machado – As lógicas protecionistas que foram o eixo fundamental do discurso de campanha do hoje já presidente Donald Trump pressupõem um cenário no qual o acesso dos produtos de exportação latino-americanos para o mercado estadunidense possivelmente caia de forma notável. Isso implicará num aprofundamento ainda maior das relações comerciais, econômicas e militares que já vêm se estabelecendo entre a América Latina e a zona Ásia-Pacifico. Não acho que a coisa vá para além disso, dado que considero que a centralidade geopolítica que em algum momento chegou a ter a América Latina tem se deslocado nos últimos anos para outras zonas do planeta.

Com relação à sua segunda pergunta, considero que o surpreendente novo marco de relações entre os Estados Unidos e a Rússia não gerará tampouco grandes mudanças na nossa região. O interesse principal da Rússia – verdadeira vencedora das eleições estadunidenses – está nas zonas geográficas que correspondem às repúblicas que outrora formaram parte da extinta União Soviética, nas rotas de gasodutos do sul por onde se transporta o gás para a Europa, em estabelecer uma rede de alianças com as repúblicas centro-asiáticas, em estreitar seus vínculos militares e comerciais com a China, e em corroer a capacidade operativa da OTAN. Como potência mundial que é, a Rússia não ignora a América Latina, mas não vejo que neste momento faça parte de suas prioridades geopolíticas.